Presentación del libro Ámok por José Miguel Ríos

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Hay una antigua frase en nuestra comunidad que dice “el artista se adelanta al psicoanalista”. Esto puesto que el artista, articulado a su tiempo, contexto y ciudad produce obras. Él, a través de alguna forma de sublimación, nos muestra algo que podríamos denominar como el espíritu de la época. ¿Qué podemos decir nosotros sobre la época? ¿De qué época se trata? Podemos nosotros encontrar los efectos de le época en lo sujetos que buscan un lugar de escucha. Mas, qué podemos decir de la época en sí.

Pues bien.  Esta noche nos convoca un título y un libro. El título de nuestras jornadas de este año 2019: “¿Qué es un padre? – Consecuencias clínicas y políticas de su declinación”; y un libro: “Ámok”, cuyo escritor tenemos aquí presente.

“¿Qué relaciona este libro y nuestras jornadas?” Me preguntó hace unos días un colega. La violencia, respondí. Y el subtítulo de la noche de hoy como pregunta: ¿Declinación del nombre del padre – auge de la violencia?

En psiquiatría existe algo llamado Síndrome de Ámok, también conocido como ataque homicida. Según la OMS se trata de un episodio aleatorio, aparentemente no provocado, de un comportamiento asesino o destructor de los demás, seguido de amnesia y agotamiento. A menudo va acompañado de un viraje hacia un comportamiento autodestructivo, es decir, de causarse lesiones o amputaciones llegando hasta el suicidio.

Si bien no contamos con los relatos de aquellos que cometen actos violentos en nuestra ciudad. Podemos quizá tomar la historia de X escrita aquí. Como escuchan, no hay un nombre para este sujeto, solo una incógnita que invita a  que cualquier nombre ocupe aquel lugar.

Se trata pues de la historia de un hombre que fascinado por las noticias de unos homicidios de resolución complicada abandona a su novia, trabajo, proyectos y vida para ir tras una extraña secta autodenominada Ámok.

Los actos en sí no son graficados explícitamente. Quizá por la amnesia de X, condición que lo hace “ideal” para este tipo de “trabajo”. Lo que sí sabemos es la consigna que tiene el protagonista por llegar a la mayor velocidad posible hasta el otro punto de la denominada “partida”. Una especie de vorágine que condensa el consumo de cocaína, la violencia, velocidad e hipersexualidad.

¿Qué podría llevar a un sujeto a embarcarse en un grupo como este?

El aburrimiento de una vida monótona: terminar la universidad, trabajar de 10 a 7 y de lunes a viernes, tener una novia, hijos, una casa, etc… podría decirse. Pero el autor nos da pistas de algo que no termina de cuajar en aquella vida de la cual parte.

Nía, novia del protagonista, es descrita como, siguiendo a Freud, la dama idealizada. Ambos encuentran una compañía en la orfandad en la que se encuentran. “Con ella se podía hablar de todo excepto de ellos mismos… Y es que pocas veces hablábamos sobre nosotros, no queríamos hacernos daño” escribe en la página 45.

Y encontramos un hecho quizá clave para entender la huida de X. Luego de reducir sus hábitos sociales casi por entero un día descubre que ya no la soporta más. Su interés había mudado un poco a la pandilla obsesionada por vivir toda junta al margen de todo y aquella vez X quería estar al margen de todo. Más adelante dirá: “con el tiempo, además, conocería el límite de su atracción”:

“¿Cómo podría conformarme con un solo chico?” – le dijo.

Esto marca una división en la pareja. “Descubrí de pronto que entre su cuerpo y el mío, en medio del sudor que en ese momento nos unía, se colgaba una larga fila de sujetos. Porque yo no era el único… no volví a preguntar…de cualquier forma ella decía que a ninguno lo había querido tanto como a mí”. Empiezan aquí los celos. La imaginarización de su primera relación amorosa. Sueña que la pierde. Sospecha que le ha sido infiel busca mediante el goce fálico recobrar algún lugar perdido.

Parte entonces. Se reúne al norte con 3 compañeros: Óscar, Perales y Marta. Descubre allí que las partidas no se dan de forma constante sino que debe tener un trabajo común como fachada. Descubre allí una vida repetitiva en la que trabaja para hacer algo más. Es el nuevo allí. Descubre que aquel lugar es el medio para llegar a otro lugar. Marta, por ejemplo, quiere ir al sur de donde X proviene.

En el capítulo 7 se da cuenta que ha vuelto a ser esclavo de alguien más. Lee una inscripción en un cuadro que dice: “Porque agua eres y al agua volverás”. El supuesto goce que encontraría en ese lugar está vetado para él.

Se percata que aquella tribu no es de amigos, sino de una comunidad de goce. Una sensación que le genera en sus palabras: “anclado a una voluntad ajena, no humana, la corazonada que me dice que el diseño del juego no es de este mundo, que el engranaje ha excedido los límites de la comprensión animal para convertirse en algo más, un mandato tecnológico absurdo”.

Empieza a sentirse raro pues sus compañeros no sueñan. Solo cumplen lo que les toca. Dicen no disfrutar, ni encontrar diversión en aquellas partidas. “La falta de descanso y fantasía es la raíz de su delirio, una atalaya que no sirve de nada si no hay nadie que te acompañe”.

Tal como Freud señala con relación al trauma en etiología de la neurosis se puede hallar dos tiempos y el primero hay que buscarlo en la infancia. Si tenemos entonces en un primer momento una partida de X frente al encuentro con la no relación sexual, es decir, con el Otro goce de su mujer. Cabría entonces esperar una primera desazón años atrás.

Sobre la historia familiar de X tenemos un punto de quiebre marcado por la muerte de la madre. Cambió dirá, “el sueño de chico de la moto por el romanticismo de una depresión cotidiana”. El padre, quien acompañaba a X al colegio de forma afectuosa, dejó de hacerlo. En su lugar instaló un trato frío, distante y violento. La muerte de la madre puso sobre el tapete la fragilidad del padre y su intento de respuesta en forma de ira. La partida queda relatada en la página 191:

  • Fui a recogerte una vez que paso – sigue mi padre-. Estabas dormido en el sillón frente a la tele. Cuando te desperté y me reconociste solo peguntaste: “¿ya?”. Como si desde antes hubieses sabido que tu mamá se iba a ir.

Pues lo sabía.

Siento ahora su abrazo último, regreso a sus ojos fatigados por el sedante, su lucha por no aparecer extraños ante mí. Puedo ver a mamá de nuevo. Su aferro a la vida, a nuestra complicidad risueña. El tacto tierno y severo que me transmite lo que nadie más quiso decirme: adiós.

  • ¿Y tú qué me dijiste? – Pregunto.

Él se ríe. Me hace reír a mí también, sin motivo, solo por el hecho de hacerlo juntos. Aunque en el fondo encuentro, todavía vivo, el rencor. Porque fue él quien me dijo que me fuera.

Muere la madre sin despedirse. X Huye. No quiere saber.

 

Conversación:

Con respecto a la violencia recordemos que en los albores de la modernidad, el concepto de “contrato social” creado por Thomas Hobbes consideraba que el hombre liberado a sí mismo es el lobo del hombre (homo hominis, lupus), aquel marco simbólico era necesario para refrenar tal impulsividad que hace de la sociedad humana una formación de individuos dominados por ambición de mando y de dominio.

Hay dos cuestiones a tener en cuenta: por un lado, que la exacerbación de los derechos individuales llevaría más bien al no respeto por los del otro, y por otro la importancia de que los sujetos se sientan medianamente reconocidos por el gobierno que los representa, caso contrario existiría un aumento de la violencia.

Tal imperio también se manifiesta en que ella no emerge como medio para otros fines –que irían por ejemplo desde ganar una guerra y ser fiel a una nación, hasta obtener un bien como en el robo– sino que ella estalla a veces careciendo de estrategia, permitiendo dicho corriente de “la violencia por la violencia misma”. Es que esta violencia suele navegar en el sin sentido, en la medida en que está desprovista de marcos que podrían imaginariamente otorgarle una razón, ella prolifera habitualmente huérfana de ideología y en el plano delictivo sin código.

 

 

 

 

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