Ley y Corrupción. Hacia una lectura psicoanalítica. Por Marita Hamann

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Ley y Corrupción

Hacia una lectura psicoanalítica*

Marita Hamann

Retablo-4667

La corrupción política, qué duda cabe, es uno de los principales significantes del discurso contemporáneo y, en tanto que tal, un síntoma que agita todo tipo de pasiones. Es, pues, el nombre privilegiado del goce que ensombrece a todo aquel que ejerza una función pública, por donde se demuestra la falla del orden social, evidenciando que no hay Otro, código o ley, capaz de regular el desvarío de los apetitos de la pulsión. Desde ese ángulo, si el tema nos interesa es porque su extensión corroe el pacto social, la confianza en las leyes y arrastra consigo la degradación de la palabra. Esa corrupción que ha llegado al escándalo remite a lo que se pudre y suscita un horror que los Ideales, hasta no hace mucho, habían velado. Hoy por hoy, no existe, prácticamente, actor político libre de sospecha. Pero también empuja a un nuevo Ideal: el de la acción purificadora de una justicia ciega e implacable.

La historia muestra que, por lo general, eso acaba en la decepción y la decepción, unida a la impotencia, suele llamar a lo peor.

Corrupción, siempre hubo

“La corrupción es el aire de la política”, dice J.-A. Miller[1], recordando a Robespierre, “el incorruptible”, quien intentó hacer una purga que acabó con su propia muerte.

Por estos lares, es cosa sabida que en los Virreinatos de la Corona española, desde México hasta Buenos Aires, pululaba la corrupción. [2] Corregidores e indígenas se las ingeniaban para evadir tributos, cooperaban en el contrabando burlando a las aduanas y hasta se vendían los cargos públicos por mucho que se pregonara la importancia del mérito para ocuparlos; incluso, esos cargos, llegaron a heredarse. Los Visitadores enviados por la casa de los Borbones durante el s. XVIII, intentaron imponer un ordenamiento que, finalmente, tampoco duró mucho tiempo después de su partida.

Ya entonces se revelaba que la autoridad no emanaba de Dios, aunque el poder de la Iglesia fuera innegable. En cualquier caso, se la podía burlar cuantas veces fuera posible sin sacudir demasiado cierto semblante de orden. Los habitantes de estas tierras mostraban así que su sujeción a la Corona no era total y que establecían una cierta separación respecto a sus ideales y propósitos. Era un modo velado de no someterse totalmente ya que tampoco se pertenecía por completo al Reino, del que, sin embargo, se servían para preservar su lugar en la jerarquía social. Se mantiene, así, durante tres siglos, una regulación de las castas y la gradación social apoyados en la idea de raza, sexo y origen.

Otros intentos moralizadores ocurrieron en el Perú durante la Republica. Destaca entre ellos el Tribunal de Sanción Nacional creado por la entonces Junta Transitoria de Gobierno luego del oncenio de Augusto B. Leguía, quien fuera derrocado por Sanchez Cerro en 1930. La Junta se propuso restaurar el equilibrio de poderes del Estado y sancionar los delitos de peculado y enriquecimiento ilícito.[3] Cualquier ciudadano podía denunciar a un funcionario público ante el Tribunal. Pero, luego de una serie de avatares, solo unas quince denuncias llegaron hasta la emisión de una sentencia y no involucraron a los funcionarios más importantes, salvo al propio Leguía y a su hijo.

Leguía administraba el gobierno casi a su antojo; por ejemplo, le otorgó una comisión metalúrgica a un contendor político, según contó él mismo en sus memorias publicadas póstumamente, luego de que este le enviara una carta contándole sus penurias y prometiéndole no volver a actuar contra él nunca más. El Presidente quedó tan conmovido que, luego que cesara la comisión que le encargó, le concedió, además, treinta años nominales por servicios prestados a la Nación, “a pesar del dictamen en contrario que la Comisión de Policía del Congreso suscribió”.[4] Lo llamativo, en este caso, es que, en su criterio, no había nada que objetar a su decisión, tan convencido estaba de su propia autoridad.

En una época reciente, comenzando el siglo, fueron llevados a juicio y encarcelados el ex Presidente Alberto Fujimori y su siniestro asesor, Vladimiro Montesinos, además de un conjunto de militares y paramilitares de los que ese gobierno se sirvió. Pero, como todos sabemos, al gobierno de Fujimori le sucedió el gobierno de Alejandro Toledo, quien había liderado “la marcha de los cuatro Suyos” poco antes del destape de los llamados “vladivideos”, en los que se mostraban las montañas de dinero con las que Montesinos compró a políticos y medios de comunicación. Una de las primeras decisiones de Toledo fue nombrar a un Procurador Anticorrupción, solo que esta Procuraduría especial nunca recibió dinero de las arcas del Estado para ponerse en acción. El resto, es historia conocida.

No obstante, es patente que los liderazgos de Fujimori (“Un Presidente como tú”) o de Toledo (“el cholo sano y sagrado”) no responden a las mismas coordenadas que las de Leguía, pues aquí no se trata más del carisma que arrastraría un fiel representante de la oligarquía.

La corrupción de hoy, la democratización del goce

La corrupción del sistema político de hoy es la verdad del sistema económico neoliberal. Para ganar mercados, las empresas no tienen más remedio que pasar por los Estados: su modo de competir es fraguando componendas con los agentes del Estado, entre otras cosas, para sobrepasar el fardo de la burocracia y la multiplicación de reglamentos que traban el acceso a las empresas que no tengan experiencia contractual de larga data con el Estado. El mercado libre es un mito; las empresas que dicen defenderlo, en realidad, no lo soportan.

Si en países como los Estados Unidos la corrupción parece mejor regulada, es así porque en ese país la construcción de lobbies con los Parlamentarios es legal y pública. Asimismo, si se diera el caso, la defensa de sus mercados puede mantenerse mediante su posición como gendarme del mundo, bajo cuya ala otros países se resguardan, por cierto, cosa que hizo parte de la campaña de Trump sin que por ello esa posición se haya modificado drásticamente.

Tampoco podemos olvidar que las denuncias contra la más alta corrupción se acompañan, muchas veces, de la fascinación que suscita el supuesto goce al que acceden quienes ostentan el poder. Como recuerda J.-A. Miller[5], “La rebelión en nombre de la justicia es a menudo habitada por una rebelión causada por el goce, por una envidia de goce… [De estos celos de goce] conviene estar en guardia si queremos rebelarnos de la buena manera, es decir, sin llevarlo a cabo en el modo suicida”.

El caso es que, actualmente, poco importa si algunos líderes políticos como el propio Trump caen bajo la sospecha de actos corruptos. Los nuevos liderazgos, en muchos casos, no están encarnados por personas que parezcan reunir grandes virtudes o cualidades excepcionales; antes bien, son una suerte de hermano mayor, uno como ese “nosotros” constituido por una mayoría que se siente marginada del disfrute de los bienes del mercado. Las minorías, poco interesan, salvo por el hecho de que el sentimiento de marginalidad es cosa de muchos.

Estamos ante la democracia del goce. “El goce hoy es necesariamente democrático, es un para todos, rechaza toda idea de privilegio”, dice M.-H. Brousse.[6] La diferencia ya no reside tanto en la exclusión de algunos ni en el lugar de la excepción ocupado por otros según alguna jerarquía social: para conquistar la satisfacción, no hay excepción que valga.  Es aquí donde se afianza el empuje a la imposible fraternidad contemporánea.

“El término hermano está en todas las paredes, Libertad, igualdad, fraternidad. Pero les pregunto, en el punto de la cultura donde estamos ¿de quién somos hermanos?”, dice J. Lacan. [7] No es casual, como hemos visto en el caso de la corrupción del poder judicial, el caso Lavajuez por analogía con el de Lavajato, que se denomine a esta organización criminal como la comunidad de “los hermanitos”, en vista de la frecuencia con la que se llamaban a sí mismos de ese modo. Es esa supuesta fraternidad del goce, ciertamente engañosa, lo que la vuelve obscena: una complicidad que comparte el secreto del goce oscuro y disfraza la rivalidad por el poder que la sustenta. Podemos distinguir así, aunque la línea divisoria no siempre sea clara, la corrupción en el ordenamiento jerárquico, como en la época de la Colonia o aún en la de Leguía, versus la corrupción en la época de los unos solos: cada uno, uno entre los demás y, eventualmente, uno como los demás, pero, en lo más íntimo, cada uno a merced de sí mismo.

Y continua J. Lacan: “Sepan que lo que crece, que aún no hemos visto hasta sus últimas consecuencias, y que arraiga en el cuerpo, en la fraternidad del cuerpo, es el racismo. No dejarán de escuchar hablar de él”.[8] Pues, esa relativa fraternidad consigo mismo está siempre lista para rechazar al vecino, que hace su fiesta de otro modo.[9]

Cicatrices de la evaporación del padre

La profunda decepción causada por las promesas de la izquierda de Lula ha dado lugar, en el Brasil, a una revuelta orientada a la expulsión de todo lo que se considere hetero. En Brasil, acecha el retorno de la bestia inmunda, como se expresa A. Harari[10], llevada al poder por la mayoría de los electores independientemente de toda consideración acerca de la legitimidad de sus propuestas. Como señala M.-H. Brousse: “Tocqueville ponía ya en evidencia que la democracia, hasta el presente, ha elegido siempre como S1 a la mayoría, es decir, lo cuantificable, el número. Lo que hace oponer implacablemente las libertades generales y la libertad de cada uno.  Esta tensión es hoy en día patente en el primer plano de la escena contemporánea. La mayoría, en posición de S1, ha reemplazado al padre”.[11]

Pero no se trata de cualquier mayoría. Es patente que términos como lucha de clases u otros análogos han quedado en desuso mientras que aquellos relativos a los nacionalismos y a la discriminación de todo tipo adquieren cada vez más importancia para indicar el supuesto lugar del conflicto social. La discusión tiende a apartarse del campo de la economía política, en el que el margen de maniobrabilidad parece estrecho. Antes que las derechas o izquierdas otrora vigentes, encontramos movimientos conservadores que anhelan un retorno a la tradición y pretenden reforzar algún residuo patriarcal y, al lado, la lucha de las minorías por conquistar derechos legítimos, trátese del reconocimiento de los derechos de los movimientos LGTBI o de los migrantes, por ejemplo.

Siguiendo a A. Di Ciaccia: “Cuando lo que se pone en juego es la función paterna, se produce una segregación simbólica que logra dar a cada uno su lugar consintiéndole el goce que le compete. […] Una vez que el padre se ha evaporado, la segregación en lo real no podrá sino expandirse como una mancha de aceite.”[12] Es decir que, como expresa J. C. Indart[13], hay una relación profunda entre la función del padre y la segregación simbólica, en el sentido de consentir o prohibir una satisfacción y proveer del semblante que permita acomodarse a un orden social; es la que tiene efectos represivos en la bipartición sexual. Pero cuando la función paterna se evapora y el orden simbólico se resquebraja, la segregación se produce en lo real de manera descarnada, tal y como evidenciaron los campos de concentración, cuyo último o primer origen es el rechazo del goce malo en uno mismo, catalizado esta vez por el semejante, cualquiera fuese.

Nótese que los movimientos conservadores, sea que se sitúen a la izquierda o a la derecha, suelen combatir los feminismos, y en esto, precisamente, reside su sello distintivo, o sea que, partiendo por las mujeres, segregan a todas las minorías. Los radicales que buscan el retorno de la tradición, tienden a agruparse bajo un orden de hierro, un ser “nombrado para…” que fijaría el lugar de cada uno y cada una en la sociedad a la que pertenece. Así pretenden resolver el temor al anonimato, al desamparo y la falta de pertenencia, suturando el agujero de la identidad y la desorientación sexual. Todos ellos, efectos, a su vez, del estado actual de la civilización, atravesada por el discurso científico y el neoliberalismo. El ascenso que vienen adquiriendo los movimientos religiosos evangelistas es, en este lado del mundo, expresión clara de esa cicatriz de la evaporación del padre que ha favorecido significativamente a líderes como Trump y Bolsonaro. Y de estos se sirven quienes pretenden ocupar el poder o mantenerlo.

El desorden simbólico contemporáneo también da lugar a la emergencia de lo nuevo, siempre amenazado, sin embargo, de ser arrastrado a lo mismo. Como advierte M.- H. Brousse: “De las minorías Lacan subraya su poder de innovación del vínculo social. Las sitúa del lado de la perversión y de la sublimación en tanto que atacan las normativizaciones de los modos de goce. Las minorías, ¿serán los escabeles de la democracia, o bien la causa de su transformación en segregación generalizada?”.

El caso del Perú

La lucha contra la corrupción en el país quiere instalar que ningún “Padre de la patria” quedará impune en esta oportunidad, trátese del Poder Ejecutivo, Legislativo o Judicial. De hecho, la denominación misma de “Padre de la Patria” resulta hoy molesta y excesiva. Dos son los fiscales principales en el caso Lavajato y dos mujeres las fiscales del caso Lavajuez; una contingencia colocó a los primeros en ese lugar, con consecuencias inesperadas. La indignación popular fue acogida por el Presidente M. Vizcarra, permitiéndole legitimar su representación, en vista de que accedió al poder debido a la renuncia del Presidente electo, P.P. Kusczyinki, dadas las acusaciones de corrupción que pesaban contra este. Así, un pequeño conjunto de funcionarios públicos, hasta entonces desconocidos, lideraron una ola que ha tomado al país en una suerte de miniserie que captura a su audiencia con una sorpresa nueva cada semana. No hay líder de izquierda o de derecha que quede libre ni Presidente que se escape, salvo que, por desgracia, prefiera el suicidio, como fue el caso del ex Presidente, Alan García.

Ni indiferencia ni cinismo: el país se ha movilizado en cada ocasión en que las denuncias han intentado ser desestimadas y los actores de la Justicia son representados como superhéroes.

También es observable cómo ciertos sectores políticos que buscan frenar este impulso se sirven de los movimientos evangelistas más recalcitrantes para sostenerse, los mismos que se han exacerbado en el acrecentamiento de su mutualismo. Es patente que la corrupción consigue servirse del miedo y el puritanismo acaba siendo solidario del encubrimiento.

Por otra parte, el discurso del Derecho se coloca en el primer plano: los abogados son, hoy en día, los principales intérpretes de la historia y se los busca para orientarse. El problema reaparece cuando se trata de las minorías LGTBI y aquellas otras cuyas formas de vida ancestrales se resisten a ser integradas a los mercados comunes, como es el caso de las minorías indígenas de casi cualquier parte: los asháninca en el Perú como los habitantes de Tierra del Fuego, Alaska y otros. Eventualmente, estas comunidades se prestan a la corrupción, pero también se oponen al llamado al orden cuando se pretende someterlas desconociendo sus modos singulares de organizarse; los Códigos legales no consiguen uniformizarlas. Asimismo, la Ley pierde autoridad cuando se premia con dinero a quienes detectan el incumplimiento de las normas, como en el caso de la SUNAT[14] y el de la Policía de Tránsito, lo que, en este último caso, tuvo que suspenderse debido al repentino incremento de papeletas dudosas.

Asistimos a un país convertido en un gran laboratorio. El combate ha permitido ganar en ciudadanía, el interés en la vida política ha resurgido. ¿Podemos suponer que la indignación ha sido fructífera? Eso dependerá del espacio público que encuentren ciertos populismos, aquellos que refuerzan la segregación real arrastrando a las masas al desvarío pulsional para distraer al sujeto de sus legítimas batallas. Esos populismos son mortíferos cuando se mueven por la pasión del número, a la conquista de nuevas mayorías, aboliendo las particularidades. No es ese el horizonte de una Democracia respirable.

Finalmente, el psicoanálisis habrá de desprenderse de todo prejuicio respecto a la distribución tradicional de los goces para leer los acontecimientos como corresponde.

*El presente texto introduce el III Foro Zadig, a realizarse en Lima el viernes 16 de agosto de 2019, en el marco preparatorio de las XIII Jornadas de la NEL-Lima, “¿Qué es un padre? Consecuencias clínicas y políticas de su declinación” (17 y 18 de agosto de 2019).

 

[1] Vidal, L., “Entrevista a Jacques-Alain Miller para el Diario El Punt-Avui”, Conversaciones clínico-políticas, Madrid, Gredos, 2013, p. 245.

[2] Cf. O’Phelan, S., “Orden y control en el siglo XVIII. La política borbónica frente a la corrupción fiscal, comercial y administrativa”, El Pacto infame. Estudios sobre la corrupción en el Perú, Red para el desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú, 2005, p. 13-34.

[3] Cf. Portocarrero, F. y Camacho, L., “Impulsos moralizadores: el caso del Tribunal de Sanción Nacional 1930-1931”,  op. cit., p. 35-74.

[4] Ibid., p. 47

[5] Miller, J. A., “¿Cómo rebelarse?”, Freudiana, no65, mayo/agosto 2012, p.75.

[6] Brousse, M.-H., “Democracias sin padre”, Intervención en el Fórum europeo de Turín de la EFP, “Deseos decididos por la democracia en Europa”, 18 de noviembre de 2017, https://zadigespana.wordpress.com/2018/01/20/democracias-sin-padre/

[7] Lacan, J., El Seminario, libro19, …o peor, Buenos Aires, Paidós, 2014, p. 230.

[8] Ibid., p. 231.

[9] C.f., Miller, J.-A., Extimidad, Buenos Aires, Paidós, 2010, p. 53.

[10] Harari, A., “A besta imunda está de volta”, Intervención en el Fórum de la EBP, “Psicoanálise e Democracia”, 10 de octubre de 2018, https://www.ebp.org.br/correio_express/extra002/texto_AngelinaHarari.html

[11] Brousse, M.-H., op. cit.

[12] Di Ciaccia, A., “Una carta”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis, no20, junio 2016, p. 31.

[13] C.f., Indart, J. C., “Sobre la cuestión del padre”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis, no21, octubre 2016, p. 115.

[14] Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria.

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