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Sobre La revolución y la tierra: Un corte histórico en la vida republicana del Perú. Por Marita Hamann

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Sobre La revolución y la tierra: Un corte histórico en la vida republicana del Perú

Marita Hamann

NEL-9619

El film que hoy comentamos se presenta como un documental sobre la Reforma Agraria implantada por el Gral. J. Velasco Alvarado durante la Dictadura militar del ‘69, aunque el relato es bastante más frondoso. El propósito ha sido contar lo que, en la historia del país, constituyó un antes y un después: un corte histórico traumático del que perviven resabios, lo que se confirma en el hecho de que algunas salas de cine se hayan rehusado a proyectarlo.

“El tema que más polariza al Perú es Velasco…”, dice Gonzalo Benavente, el director. ¿Por qué se trata de un corte histórico?, ¿de un antes y un después? La reforma agraria inicia el declive de la oligarquía nacional terrateniente y el reconocimiento del derecho a la ciudadanía por parte de casi la mitad de la población peruana. Si anotamos que hasta entonces, como se señala en el film, los indios, así llamados, se traspasaban con las tierras,  que los campesinos debían prestar una serie de servicios, como cultivar y atender la casa Hacienda sin recibir salario alguno ni gozar del derecho a la educación, a cambio de los cuales solo disponían de alguna porción de tierra para su propio consumo, es posible considerar que fue recién que pudo instalarse un corte histórico respecto a la herencia virreinal, algo más 140 años después de la Independencia.

La mitad de la población era analfabeta, la deserción escolar superaba el 70 por ciento y en el Perú de entonces los analfabetos no tenían derecho al voto, de manera que la mitad del país decidía por todo el país (y las mujeres habían accedido al voto solo 13 años antes). De todas maneras, el primer acto del gobierno de Velasco fue eliminar la gratuidad de la enseñanza de la educación secundaria, lo que produjo el levantamiento de Ayacucho y Huanta y concluyó dejando varios muertos; esto fue parte del caldo de cultivo de Sendero Luminoso. Finalmente, se inicia la Reforma Educativa en 1972, su novedad era su espíritu nacionalista.

“El gobierno de las FFAA no es capitalista ni comunista sino todo lo contrario”, dijo Velasco alguna vez. ¿Qué era? Su gobierno contaba con asesores intelectuales de izquierda, pero también con el apoyo de empresarios conservadores que sobornaron a los militares incluyéndolos en sus fiestas e invitándolos a paseos en yate, si hemos de creer lo que reseña Alfonso Quiroz en su libro, Historia de la corrupción en el Perú.[1]

Los militares, desde los inicios de la República, venían constituyendo una suerte de casta que consiguió afianzarse en este momento. El primer gobierno de Belaúnde, que precedió al de la revolución armada, tuvo que contar con su apoyo para sostenerse ante la coalición formada por el Apra y el odriísmo, quienes obstaculizaron sin tregua todas las propuestas llevadas al Parlamento.  Cuenta Alfonso Quiroz que, cuando algún periodista le preguntó a Belaunde por las beneficios y prebendas otorgados a las FFAA, este respondió “que la cooperación entre civiles y militares era necesaria y que las fuerzas armadas constituían verdaderas escuelas para los reclutas indígenas”.[2] Evidentemente, Belaúnde no se consideraba un “indígena” natural del país. Por ese entonces, las FFAA todas, por mar, tierra y aire, ejecutaban un contrabando mayúsculo y se estima que evadieron importantes sumas en impuestos equivalentes a la sustracción del 14 o 15% de los ingresos del erario nacional, suma que hubiera podido compensar largamente el déficit fiscal del gobierno de Belaúnde.[3] En este contexto, desaparece la famosa página 11 del acuerdo con la firma norteamericana, International Petroleum Company (IPC). Se consideraba que en la resolución de este acuerdo se jugaba la dignidad nacional dado que, según un laudo arbitral de 1922, muy cuestionado, la IPC se había irrogado el derecho al suelo de La Brea y Pariñas, de la que extraía petróleo por el cual, además, debía cuantiosas sumas en impuestos cuyo pago era continuamente retrasado. Supuestamente, Belaúnde restituiría los derechos al Estado peruano y cobraría los impuestos, pero estalló el escándalo. Es aquí que Velasco Alvarado tomó el poder. Cierto es que durante el gobierno de Belaúnde las cosas no habían marchado como se esperaba, algunos empresarios cercanos al presidente habían hecho de las suyas, la reforma agraria prometida había sido tibia e insuficiente, la toma de tierras y la insurgencia campesina se exacerbaba, el déficit fiscal se incrementó y el escándalo del contrabando militar había llegado a los tribunales. La pérdida de la página 11 fue la gota que colmó el vaso. A continuación, desaparecieron los documentos que probaban el contrabando y, claro está, continuó los años siguientes. Quizás algunos recuerden que los bazares militares de ese entonces, contaban con toda clase de productos a precios relativamente cómodos pues los militares podían importarlos exonerados de impuestos.

De todas maneras, el trasfondo estaba en otra parte. Este era un momento muy politizado en  América Latina, no es por casualidad que las Dictaduras militares  proliferaron en toda la región y que ella deviniera campo de batalla entre los intereses de la URSS y los EEUU. La revolución castrista era, en ese momento, el fantasma que recorría el espacio americano. Según cuenta Alfonso Quiroz, nueve asesores izquierdistas de Velasco cobraban hasta 5 mil dólares de la KGB[4], mientras que otros colaboraban con la CIA, entre los que se contaba el propio Vladimiro Montesinos, como algunos recordarán.

Como fuere, la ideología nacionalista del gobierno militar cambiaría drásticamente la conformación del país para siempre. La Dictadura en el Perú era una suerte de Dictadura de izquierda, por paradójico que parezca, – de hecho, se autodenominó “gobierno revolucionario”-, a diferencia de las que se instalaron en Colombia, Brasil, Chile y Argentina, especialmente, cometiendo crímenes infames cuyas heridas no terminan de cerrar. En el Perú, esto no sucedió: las jerarquías y los privilegios de cierta oligarquía fueron duramente golpeados y se pretendió alcanzar una mayor igualdad entre los nacidos en el país. Por ejemplo, se impuso el uniforme único escolar, bajo la idea de que debían eliminarse las diferencias entre los alumnos de los distintos colegios. El quechua fue reconocido como idioma oficial, los analfabetos accedieron al voto y se otorgó la mayoría de edad a los 18 años; eso fue con durante el tiempo del Gral. Morales Bermúdez.

Pero lo cierto es que el racismo no varió gran cosa, el resentimiento de los de arriba y los de abajo no fue eliminado, no hubo ninguna reconciliación nacional y, sobre todo, el padronazgo no despareció. Lo que sí ocurrió, sin duda, es que en este momento la corrupción se democratizó y la decadencia institucional se profundizó. Una serie de escándalos ocurrieron: Pescaperú saqueó el mar en provecho de algunos empresarios y cayó la exportación de harina de pescado, además de que el pescado encareció sensiblemente; las cooperativas agrícolas creadas por la Reforma Agraria se volvieron fuente de saqueo por parte de los mismos cooperativistas; los minifundistas y los campesinos sin tierra comprendían el 85% de la fuerza laboral agraria, de manera que las exportaciones agrícolas cayeron ostensiblemente y aumentó, en cambio, la importación de alimentos.[5] EPSA, la empresa que distribuía los productos para las familias peruanas, acaparó y contrabandeó sus productos, como la leche, el azúcar y el arroz. El financiamiento de las empresas estatales fue el botín de algunos y la deuda externa creció exponencialmente.

El sistema judicial se demolió pues el gobierno nombraba a los jueces (dicho sea de paso, la Constitución de 1980, que pondría fin a la Dictadura militar, siguió concediendo al Ejecutivo la facultad de nombrar a los jueces de la Corte Superior y la Corte Suprema); los medios de comunicación fueron expropiados, la compra de armamentos permitía recibir sobornos.

Cuando Belaúnde vuelve al poder en 1980, el terrorismo ya se había arraigado y el narcotráfico se había expandido. Se dice que un afamado narcotraficante de ese entonces (Carlos Langberg), financió la campaña del candidato aprista, que perdió ese año. Las FFAA, por su parte, obtuvieron inmunidad.

Pese a todo, es indudable que un cambio de los modelos culturales ocurrió y que otra estética advino. Pero la revolución armada fue otra promesa rota, de las muchas que el país ha padecido.

El relato de Gonzalo Benavente no explora estos ángulos pero es muy meritorio, su narración es fluida y revive la memoria. Su concepción del cine como instrumento político no partidario capaz de transmitir una visión subjetiva y por eso mismo, política, según el mismo dice, es honesta y digna. Él concibe al cine como capaz de ofrecer una aproximación a la historia peruana distinta de la que imparte la educación formal y lo consigue porque transmite un deseo de remover lo que de traumático y reprimido pudiera haber permanecido. Su espíritu es generoso, quiere subtitularla al quechua y llevarla a las escuelas públicas. Ciertamente, también considera que la satanización de Velasco ha sido injusta, posiblemente por palpar que ha sido el criterio racista y rencoroso lo que ha provocado que se reaccione con excesivo desprecio frente a las transformaciones sociales que comenzaron en aquel momento. Hay desprecio pero también angustia, en todos, en realidad, porque las claves de esta historia no residen solo en los personajes sino en el modo particular en que el país se insertó en la llamada modernización. Pero, como sostiene el director, que nuestra sociedad quiera mirar su pasado frente al descontento actual con la clase política, me parece que es la verdadera clave del éxito logrado por este film, y eso, tiene que ver con los tiempos que corren. Sorprendentemente, la película parece haber alcanzado en este momento alrededor de 50 mil espectadores, lo que constituye cifras récords tratándose de películas de factura nacional.

Si uno regresa al relato de la historia, es porque se vale de él para dar cuenta del presente. Es así como los psicoanalistas consideramos la importancia de la historia: se reescribe sucesivamente, se idealiza también, pero allí discurre un deseo que es actual y que moviliza al sujeto por vías distintas que las de la violencia. Termino entonces este comentario suscribiendo, con él, que la historia oficial verdadera no existe pero que volver a ella, cuestionarla y revisarla, leyendo el modo en que ese pasado estuvo suscrito a un juego de intereses, es la posibilidad de capturar lo que resuena en el presente y, más allá, el obstáculo indomeñable con el que tropezamos, para tener una idea de lo que produjo estragos o proporcionó una brújula. Al decir de Lacan, el modo en que un sujeto se sitúa frente a las generaciones que lo precedieron, es decisivo respecto de su posición actual y de las identificaciones e ideales con los que se orienta, se coagula o se atormenta.

[1] Quiroz, A. W., Historia de la corrupción en el Perú, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2018, p. 324.

[2] Ibíd., p. 309.

[3] Ibíd., p. 317.

[4] Ibíd., p. 323.

[5] Ibíd., p.325.

Cine y psicoanálisis: Joker. Por José Miguel Ríos

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CINE Y PSICOANÁLISIS: JOKER[1]

Joselo Joker

José Miguel Rios

Si bien Joker (2019) se basa en un conocido supervillano de ficción, este puede ser un villano tan real como cualquiera de nosotros. Aquella ciudad llamada Gotham, o ciudad Gótica, podría ser llamada también Santiago de Chile (2019). Una ciudad donde el corrupto se vuelve más rico y donde el rico se vuelve más corrupto.

Joker es entonces cualquier ciudadano de a pie que intenta encontrar un lugar en aquel mundo, paradójicamente. ¿Quién quisiera entrar en política en las nuevas elecciones congresales de este país a sabiendas de los golpes que probablemente llegaría a recibir? ¿Cómo encontrar un lugar en medio del fango? Un lugar en el Otro social donde uno encuentre un soporte, o en el caso de Arthur Fleck, una suplencia que aloje algo de su violencia y lo estabilice.

Empieza él con un sueño. El sueño de ser un comediante. Un sueño que se torna en pesadilla cuando ríe. Una risa que revela la disociación entre la palabra y la cosa, entre el significante y el significado, entre lo que se siente y lo que se expresa. Una risa que lo segrega y despierta de aquella fantasía estadounidense de you can do it, conocida también como imposible is nothing.

A pesar de los obstáculos, Arthur intenta coordinar sus mejores pasos de baile al ritmo de aquel Otro inhumano en la búsqueda de un nombre que lo saque del anonimato en el que ha vivido siempre. Incluso antes de nacer, según el deseo de su padre.

Sin un S1 que le dé un nombre en el cual sostenerse, responde Arthur violentamente a la violencia. Como describiría Freud en Psicología de las masas. A saber: Joker, Guasón, Bromas… tiene la función de un disfraz que cualquiera podría violentamente usar para ubicar un lugar en la sociedad y sobrevivir. En este caso, una identificación a la peor versión del padre: aquel no castrado que puede gozar de todo.

Se eleva así a la categoría de antihéroe. Un lugar ocupado por Batman el siglo pasado y que hoy no es más necesario pues en su lugar se demanda al villano: “Roba, pero hace obra”.

La audiencia se identifica con aquel bandido que reivindica al desvalido y espera por su próxima invención: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Pasar así del objeto rechazado del Otro al liderazgo de los menospreciados. El semblante del mundo occidental y su discurso capitalista es denunciado en el acto de acabar matando a aquel presentador de televisión que vela la verdad con sus cortinas de humo desviando la atención de lo que sucede por ejemplo en nuestra selva.

La transformación de Arthur a Joker incluye también el asesinato de su madre, y no de su padre, buscando aniquilar así aquella lengua íntima materna de Happy, always with a big smile. Eliminar así su origen para ser solo Joker, sin una historia que lo preceda, sino con una historia por construir.

Al final, tenemos un Joker tan desconocido como un Arthur. Un anónimo en la masa. Un anónimo extrañamente familiar entre nosotros.

[1] Presentado el 30 de octubre del 2019 en la Nueva Escuela Lacaniana de Lima (Nel-Lima).