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DE LA INDIGNIDAD DEL SÍNTOMA A LA DIGNIDAD DEL SINTHOME por María Hortensia Cárdenas

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DE LA INDIGNIDAD DEL SÍNTOMA A LA DIGNIDAD DEL SINTHOME

María Hortensia Cárdenas (NEL)
mhcardenas@gmail.com

 https://ix.enapol.org/es/boletin-oci-9/

JL-5476

La indignación es sin mediación

Podemos abordar el tema de la indignación desde varios sesgos y se podría decir que de lo que se trata es de un afecto insufrible ante una afrenta, como la injuria que viene del Otro como indigna, que deja al ser ignorado, desestimado, desalojado, en la indiferencia, en la injusticia. Desde una posición subjetiva, la indignación puede ser un obstáculo a la dignidad de la singularidad. La indignación supone haber perdido la dignidad, cuando algo de la pulsión surge separada del semblante y es el goce el que aparece acompañado de angustia.

Pero cuando se trata del goce pulsional de cada uno, nos topamos con un imposible de resolver de modo colectivo¹. Los movimientos sociales, públicos, ‒y en este punto se puede argumentar que la lectura de lo social es fantasmática‒ no dicen nada del goce privado que hace falta tramitarlo en la experiencia analítica.

Del actuar sobre las pasiones

Cada uno construye su estrategia neurótica para defenderse de lo real y la indignación está presente desde el vamos de la demanda de análisis, cuando la singularidad del sujeto es suprimida o rechazada. En el curso de un análisis las pasiones tienen su lugar y forman un nudo pasional analista-analizante con los restos sintomáticos². Las pasiones atraviesan la experiencia analítica, llevan la marca de lo insoportable del goce. La indignación, cólera, ciertas tristezas, se fundamentan en una relación de amor que conlleva un resto fundamental de rechazo, de odio.

¿Cómo la política del síntoma se muestra en la intervención analítica o en el actuar sobre las pasiones?

Lo que los testimonios enseñan es que se trata del actuar de un analista, pero sobre todo del actuar del analizante. De parte del analista de alojar de la buena manera, sin pasión del analista, lo que Freud llamó la neutralidad del analista y Lacan precisó mejor desde la ética en tanto se supone operatorio el deseo del analista. De parte del analizante arribar a reconocer que quien rechaza lo más singular de uno es el propio sujeto, no el otro. En cada caso es la división del sujeto contra sí mismo. El odio a mi propio goce del cual estoy separado³.

Un recorrido analítico iría de la indignidad del síntoma a la dignidad del sinthome. En última instancia solo hay la dignidad del sinthome. Los testimonios de los AE demuestran cómo la pasión analítica se puso en juego y la resolución que encontró al final en la relación con el analista. Demuestran también que la dignidad del significante no resuelve la cuestión del goce porque más allá de la dimensión fantasmática con la que cada uno se las arregla para sostener su Ser lo que realmente dignifica es lo Uno de la diferencia incomparable del parlêtre. Ellos enseñan que ante el encuentro con Un real y el cuerpo depurado de su revestimiento fantasmático, se puede tener la oportunidad de otorgarle una nueva dignidad al sinthome. Esto implica ir del rechazo del goce del Otro a verse confrontado con su propio goce que hasta ese momento desconocía su real dimensión.

Billetes

¹ BASSOLS, M., Una política para erizos y otras herejías psicoanalíticas. Grama, Buenos Aires, 2018, p. 105.

² LAURENT, É., “Violencias y pasiones. Sus tratamientos en la experiencia analítica”. In: Bitácora Lacaniana, N° 5, Grama: Buenos Aires, 2016, p. 22.

³ _____________ “Ana Lydia Santiago pregunta a Éric Laurent”, video en Boletín OCI – 3, https://ix.enapol.org/es/boletin-oci-3/

 

Cólera y amor en la comedia de los sexos. Por Darío Calderón

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Cólera y amor

Texto para la noche de carteles del IX ENAPOL

NEL-4264

La convocatoria para la formación de los carteles del IX ENAPOL Odio, cólera e indignación pedía elegir entre uno de los tres conceptos del título. La elección fue rápida al asociar una frase que me resulta familiar: “¡Me da cólera que te quedes callado como si no te importara!” Palabras algo usuales en boca de mi esposa ante mi silencio. Casi sin notarlo -pues fue necesario esperar a la primera reunión de trabajo- ya había perfilado mi sujeto de cartel: cólera y amor en la comedia de los sexos.

Inicialmente fuimos cinco en el cartel, pero actualmente lo componemos Liliana Bosia, miembro de la APEL  Santa Cruz como más uno, Luciana Méndez, asociada de la NEL Maracaibo y yo. Nos reunimos quincenalmente a través de una llamada por Skype. Las reuniones suelen girar en torno a bibliografía que leemos en conjunto, como el argumento, extractos de los seminarios o algún artículo y comentamos cada quien a partir del rasgo elegido. La dinámica ha sido bastante libre, con presentación de algunas ideas personales y discusión abierta de los temas que nos interesan. Para darles una idea más concreta, para la última reunión de cartel antes de esta presentación, yo contaba apenas con tres párrafos y algunas ideas sueltas, así que aprovecho esta nueva convocatoria para producir algo más.

Más allá de lo dicho en el argumento del ENAPOL no encontramos mucho acerca de la cólera así que Liliana nos invitó a revisar la fuente. En el seminario 6 El deseo y su interpretación, Lacan comenta:

“[…] La cólera no es otra cosa que esto: lo real que llega en el momento en que hemos hecho una muy bella trama simbólica, en que todo va muy bien, el orden, la ley, nuestro mérito y nuestra buena voluntad. De repente nos damos cuenta de que las clavijas no entran en los agujeritos. Ese es el origen del afecto de la cólera. Todo se presenta bien para el puente de pontones en el Bósforo, pero hay una tormenta que agita el mar. Toda cólera es agitar el mar.”

Me gusta la imagen que plantea Lacan. Un puente de pontones –conocido por mí como puente flotante- consiste en un tablero apoyado sobre una serie de elementos flotantes que sirven para mantenerlo en una situación más o menos fija, pero capaz de adaptarse a las subidas y bajadas de la marea. Parece que la cosa anda, pudiendo ser incluso más estable que un puente fijo. Para mayor seguridad podemos recurrir a la ciencia con sus cálculos, los avances en la física y en la ingeniería, pero de pronto llega la naturaleza, la tormenta agita el mar y supera la adaptabilidad del puente fuera de todo pronóstico.

A estas alturas, el texto ya resuena en mí de manera especial, pero vamos por un detalle más. La referencia al Bósforo como un estrecho que separa la parte europea de Turquía de su parte asiática hace del puente algo casi romántico, con la función de unir aquello que por naturaleza está separado. Me recuerda a esa imagen de una media naranja unida rudimentariamente con un medio limón, a modo del monstruo de Frankenstein.

Entonces, leyendo la referencia de Lacan a los ojos de mi sujeto de cartel puedo tomar el estrecho del Bósforo como la no relación sexual. El puente podría ser el amor que genera la ilusión de una unión entre un hombre y una mujer. En este caso, Turquía europea y Turquía Oriental. El orden simbólico supone un escenario más o menos calmo, donde el puente se mueve ligeramente siguiendo el ritmo de la marea, pero permite la conexión de un lado con el otro. Es ese estado de la relación en que las cosas van bien, cuando uno se la pasa lindo. Lo real es la contingencia, el malentendido, la discusión, eso que sucede y uno se pregunta ¿y por qué está molesta?

Cuando el puente está en pie, aunque algo tambaleante por la corriente pero funciona, se da lo que Gerardo Arenas denomina goce del encastre. Etimológicamente encastre es el acoplamiento de dos piezas y en este caso para Arenas es la satisfacción por la creación de algo nuevo a partir de dos elementos diferentes. Entiendo que, si primero tenemos A y B separados, luego la unión AB es algo distinto y produce un goce.

Tenemos de un lado al sujeto femenino, con una idea más o menos clara de qué le falta y de dónde puede buscarlo. El sujeto femenino amante cree que del otro lado del puente se encuentra su amado, con aquello que ella necesita. Mientras tanto, del lado masculino el sujeto se encuentra amenazado por la castración, temiendo cruzar el puente y muchas veces prefiriendo gozar en silencio a partir de su fantasma.

Es momento de retornar a la frase del inicio. Cuando mi esposa dice “¡Me da cólera que te quedes callado como si no te importara!” son muchas las cosas que están sucediendo. Cuando ella habla y uno escucha, se sostiene el puente. Pero cuando deja de hablar y el silencio continúa, es decir, no obtiene la respuesta que esperaba, la clavija no entra en el agujerito.

Ahí donde no llegó la palabra de amor, el sentimiento de injustica ocupa su lugar. Se formula algo así como “yo que me parto contándole a este hombre todo lo que me sucede para que a él no le importe un comino”. Luego pasamos al deseo de venganza, pero no contra lo real de la no relación sexual sino dirigida a alguien, a aquel que debía estar del otro lado del puente y cruzarlo, pero no lo hizo. Ahí es cuando el mar se agita y las olas no sólo azotan contra las bases del puente, sino también contra ambas orillas. El rostro se enrojece, las palabras vuelan…

“Felizmente” hay un punto de elección de goce. ¿A qué me refiero? A que pasada la tormenta uno puede tratar de restablecer el puente y sostenerlo hasta la siguiente contingencia. Estando advertido que tarde o temprano sucederá. Pero también habrá quien decida pasarla mal, hacer de cada aumento de marea una tormenta y sabotear las bases del puente.

Hasta aquí he llegado. Un tema que tengo pendiente es revisar las fórmulas de la sexuación en búsqueda de las diferencias en la cólera del lado masculino y del lado femenino. El trabajo continúa.

 

Darío Calderón

 

El odio en el laberinto. Por Enrique Delgado

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El odio en el laberinto

Enrique Delgado

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.

(El laberinto, Jorge Luis Borges)

NEL-4261

El odio es polifacético. Tiene más de una cara, más de un lado. Lados que, en una suerte de topología laberíntica, pueden llevarnos hacia lugares conocidos o insospechados. Un primer lado, usualmente destacado en los textos lacanianos, es el del ser, el del odio como una de las pasiones fundamentales junto al amor y la ignorancia[1].  Desde este lado, se destaca al odio como una pasión que apunta a la destrucción del ser, al rechazo de la alteridad, del goce del Otro. Otra cara,  contigua a la primera, es la del saber. Desde allí el odio  puede ser, también, faro de lucidez. El trabajo realizado por Lacan nos permite, precisamente, orientarnos en este laberinto de pasiones y pulsiones en el cual “El verdadero amor desemboca en el odio” (Lacan, s.f. a, p.16).

Ahora bien, el lado del saber no es uno sino, cuando menos, dos. O, más precisamente, uno pero doble: el odio como condición para el saber y el odio como de-suposición de saber. Lacan nos recuerda cómo Freud retoma el dicho de Empédocles según el cual  “Dios debe ser el más ignorante de todos los seres, porque no conoce el odio” (Lacan, 2011, p.110). Asimismo, señala cómo la de-suposición de saber propicia una buena lectura. Sea esta la de Aristóteles o la que  Jean Luc Nancy y Philippe Lacou- Labarthe (1992) hacen de la obra del propio Lacan. En esta línea, señala Lacan, se ama a quien se le supone un saber y se odia a quien se lo de-supone (Lacan, 2011, p. 83).

Esta cara del odio, contigua a su vez a la del amor, nos sitúa entonces del otro lado de la ignorancia[2]. Pasión entendida por Lacan menos como déficit que como “una manera de establecer el saber, de hacer de él un saber establecido” (Lacan, 2012, p. 15). Es en este sentido que el odio, o cierto odio, puede suscitar un efecto de verdad. De allí que,  en Los objetos de la pasión, Eric Laurent nos recuerde cómo  en el Seminario XX Lacan “muestra a la transferencia negativa como un momento de lucidez” (2002, pp. 45-46). Y es también desde este lado que la interpretación misma, como señala Miller (2000, p. 21) puede implicar una de-suposición de saber “en tanto que interpretar es decir al sujeto<<tú no sabes lo que dices>>”.

Por supuesto, el elogio del odio o de la transferencia negativa podría llevarnos muy lejos y es preciso detenerse.[3] Por doquier nos topamos con los efectos mortíferos del odio en los sujetos y en el lazo social. El odio es un personaje en busca de autor. O más de uno. Una pasión desbocada en busca de un sujeto, un partenaire, un grupo, un bando, algo en lo cual colocar imaginariamente lo insoportable y, concomitantemente, intentar destruirlo. Esta es, justamente, la entrada desde el ser. O, más precisamente, la entrada desde  el rechazo del ser. Así como Lacan habla del verdadero amor, quizá este lado podría ser considerado el verdadero odio. Se odia el goce del Otro que no es otro sino el goce del Uno[4]. Este lado del odio es, paradójicamente, el reverso del primero. Mientras un lado permite o favorece el saber, el otro le hace obstáculo y cumple más bien una  función de desconocimiento.  Está al servicio del no querer saber nada de eso, del rechazo de la alteridad.

Pero en un laberinto podemos creer que estamos en un lugar y estar en realidad en otro. La entrada del saber nos  puede conducir también a la de la destrucción del ser.  Siguiendo la elaboración de  Rosa López (2019, 2012), es necesario distinguir el deseo de saber de un sujeto sobre la letra de su goce, propio de la experiencia analítica, del deseo de saber sobre el goce del partenaire. El segundo conduce a lo peor.

Partiendo del odio, este breve recorrido por el laberinto nos ha llevado también por el goce, el amor, el deseo, la ignorancia, el saber y la verdad. Podemos ahora retomar y, quizá,  releer el neologismo lacaniano del odioamoramiento (hainamoration) poniendo de relieve sus posibilidades para condensar algunas de las caras del odio. Como una puerta giratoria que lleva a más de un destino. La traducción al español más usada  coloca al odio en primer lugar,  a la manera freudiana. Pero ya que estamos en un laberinto podemos explorar la  otra posibilidad y colocar primero al amor.  Nos autorizamos a ello menos por una exquisitez en la traducción  que por el hecho de que es Lacan quien coloca en primer lugar al amor. Es el más grande amor o el verdadero amor el que termina en odio (ver Lacan, 2011, p. 176 y Lacan, s.f a, p. 16).

Pasemos entonces del odioamoramiento al En-amor-odio-miento. Tenemos expresado allí el viraje del amor en odio así como  la función de desconocimiento de este, de mentira. Pero el neologismo nos conduce también hacia otros lugares del laberinto. Permite dar cuenta sobre cómo esa invención  que llamamos amor (que suple la no relación sexual y que no es sin odio) se haya en relación con la verdad. Y, en tanto tal, miente.  Al final no es ella, ni él, ni elle. Pero no se trata de la mentira pueril y cobarde ante el deseo, sino al hecho de que la verdad falla pues “el significante no es sino un mero semblante frente a lo real” (Monribot, 2019, p.6)[5].Como comenta Lacan en el seminario 15 (s.f. b, p. 110), a veces no hay otra forma de enunciar la verdad del deseo que por la mentira. Una otra mentira. Una que considera amores y odios. Una de aquellas que, como dice la canción de Joaquín Sabina, valen la pena.

 

Referencias

Lacan, J. (1981). El seminario de Jacques Lacan: libro 1: los escritos técnicos de Fredu. Barcelona: Paidós.

(2011). El seminario de Jacques Lacan: libro 20: aún. Buenos Aires: Paidós.

(2012). Saber, ignorancia, verdad y goce. En: Hablo a las paredes (pp. 11-46).Buenos Aires: Paidós.

(s.f. a). Clase 13. En: El seminario 20. Otra vez/Encore. Versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte. Recuperado de https://www.lacanterafreudiana.com.ar/2.1.9.13%20CLASE%20-13%20%20S20.pdf

(s.f. b). Clase 9. En: El acto psicoanalítico. Seminario 15. 1967-1968. Inédito.

Laurent, E. (2002). Los objetos de la pasión. Buenos Aires: Tres Haches.

López, R. (2012). El goce del Uno no es signo de amor: una reflexión sobre el odio. Letras, 6, 61-62. Recuperado de http://letraslacanianas.com/images/stories/numero_6/clinica/11_letras_6_clinica.pdf

(2019). Amar demasiado no es signo de amor. Recuperado de http://discordia.jornadaselp.com/rubricas/odioamoramiento/amar-demasiado-no-es-signo-de-amor/

Miller, J.A. (2000). La transferencia negativa. Buenos Aires: Tres Haches.

Monribot, P. (2019). Comentarios del capítulo IV del Seminario XVII: “La verdad, hermana del goce”. NODVS, LIV. Recuperado de http://www.scb-icf.net/nodus/contingut/arxiupdf.php?idarticle=684&rev=73

Nancy, J.L. y Lacou Labarthe, P. (1992). The title of the letter. A reading of Lacan. New York: University of New York Press.

 

[1] En el seminario 1, Lacan articula las tres pasiones del ser con los tres registros del siguiente modo: “en la unión entre lo simbólico y lo imaginario, esa ruptura, esa arista que se llama el amor; en la unión entre lo imaginario y lo real, el odio; en la unión entre lo real y lo simbólico, la ignorancia” (1981, p. 394).

[2] “Hace un rato me vieron flotar, retroceder, vacilar en inclinarme en un sentido o en otro, hacia el amor o hacia lo que llaman el odio, cuando los invitaba de manera apremiante a tomar parte en una lectura cuyo filo está dirigido expresamente a desconsiderarme (….) Si digo que me odian es porque me de-suponen el saber” (Lacan, 2011, p. 83).

[3] Al respecto Laurent señala que: “Podríamos ir muy lejos en la idea de un gran elogio de la transferencia negativa pero no se debe ir demasiado lejos. Este es también un punto en el que no se debe ir hasta el delirio” (2002, p. 47).

[4] “La expresión goce del Otro es un oxímoron. El goce es siempre del Uno y al Otro le corresponde el deseo” (López, 2012, p. 61).

[5] Monribot (2019, p.6) retoma en su texto el Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11 en el que Lacan trabaja el concepto de “verdad mentirosa”.

El feminicidio una aproximación psicoanalítica. Por Claudia Pérez

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El feminicidio una aproximación psicoanalítica. Por Claudia Pérez

(Presentación en Noche de carteles IX ENAPOL – TEMA ODIO)

NEL-4257

Agradezco la invitación del directorio de la NEL a compartir mi trabajo realizado como participante del cartel – El odio- en el marco del ENAPOL 2019 que lleva por título: “Odio, cólera e indignación”

Mi pregunta o rasgo de trabajo está entorno al Feminicidio que día a día cobra más vidas en el Perú; ¿Qué puede decir el psicoanálisis al respecto?

La UNESCO en su Libro de Género define el feminicidio como todo acto de violencia infringida a las mujeres por su condición de mujer; asociado a una construcción cultural y social definida por las relaciones de poder entre hombres y mujeres y por las normas y valores relativos a los roles “masculinos” y “femeninos” con respecto al comportamiento.[1]

La Defensoría del Pueblo en su informe técnico “Feminicidio en el Perú”, toma el concepto de feminicidio de Ana Carcedo y Monserrat Sagot como la forma más extrema de violencia de género, entendida ésta como la violencia ejercida por los hombres contra las mujeres en su deseo de obtener poder, dominación o control. Incluye los asesinatos producidos por la violencia intrafamiliar y la violencia sexual”.

En el Perú, a diario, los medios de comunicación informan sobre nuevos casos en que mujeres son cruelmente asesinadas por sus parejas, convivientes o esposos, o por hombres con quienes sostuvieron alguna relación.

Propongo pensar esta cuestión desde el lado de racismo y la segregación, idea tomada del texto Extimidad de Miller donde se plantea que el odio proviene de una intolerancia al goce del otro. Es decir, se odia especialmente la manera particular que el otro goza [2]. No tolerar el goce del otro es lo que está en la base de las segregaciones y del racismo. Lo mismo podríamos decir en los casos de feminicidio, hay algo del goce de la mujer que, en determinadas circunstancias, se torna intolerable para los hombres.

Marisa Morao en El acto violento en el cuerpo del otro; siguiendo a Freud, plantea que “El odio nace de la repulsa primitiva del yo propio que segrega un componente que arroja al mundo exterior por sentirlo como hostil (…) En La negación el problema se traza entre afirmación y rechazo. El yo-placer originario incorpora lo bueno y expulsa o arroja de sí lo malo. De allí que lo hostil para el yo, va a formar parte de lo ajeno y lo extraño, lo que se encuentra afuera. Se constituye así la diferencia entre el interior y el mundo exterior, es decir la relación con el Otro desde la perspectiva lacaniana (…) Si el Otro está en mi interior en posición de extimidad, es también mi propio odio (…) El Otro remite al sujeto a esa parte de sí mismo que rechaza.

Rita Segato señala, en Las estructuras elementales de la violencia, que el concepto de narcisismo se vincula con mayor claridad a las exigencias del medio social. El narcisismo masculino en el sentido de la escenificación, es de una no castración, se trata de un montaje en el cual el sujeto representa el papel de no castrado, vale decir que no es vulnerable a la experiencia de la falta. El sujeto está tan absorto en la representación de ese papel vital para su autoimagen que la víctima entra en escena como mero soporte de su rol.

El año pasado, en Lima, el ataque y muerte de Eyvi Agreda (22 años de edad) resuena y conmueve la ciudad. Las noticias narran de cómo una mujer era prendida en fuego dentro de un bus de transporte público por Carlos Hualpa, un compañero de trabajo, que la pretendía sentimentalmente y que habría sido rechazado.

En las declaraciones del feminicida se puede identificar frases de no haber soportado el “no” como respuesta a su deseo de ser su enamorado, así como el rechazo a ese otro goce en la mujer respecto a su belleza “yo quería quemarle la cara, ella se aprovecha de eso, de su belleza, vivía de su cara” es por ello que la acción iba destinada a desaparecer a matar ese rasgo. 

En esta viñeta puede seguirse la idea del odio al goce del otro, la belleza de Eivy, no es aceptada ni deseada si no era para él; por lo contrario, es repudiada y debía ser borrada. La imposibilidad para introducir la falta en lo masculino, la castración, no se soporta un “no” como respuesta; al no existir recursos simbólicos para lidiar con el rechazo o lo diferente; aparece la angustia y se pasa al acto, se odia, se quema, se mata.

[1] http://www.unesco.org/new/fileadmin/MULTIMEDIA/FIELD/Montevideo/pdf/CLT-LibroGeneroPatrimonioBORRADOR.pdf

[2] Extimidad, Cursos psicoanalíticos de Jacques Alain Miller. Editorial Paidós, pg.53

“Migraciones y después…” por Luis Alberto López Espinoza

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“Migraciones y después…”

Luis Alberto López Espinoza

NEL-7

Si bien la urgencia del tema “Migraciones y después…”, con puntos suspensivos al final, se instala por la crisis cada vez más aguda en Venezuela, me parece importante mencionar que en el Perú, así como en otros países de nuestra región, se ha experimentado en carne propia este tipo de procesos. Peruanos que se fueron del país, que de a pocos van regresando, así como también el masivo proceso migratorio interno de lo rural a lo urbano. Lo nuevo quizá para nosotros es habernos convertido en un país que recibe, a veces bien, a veces mal, a tantos emigrantes foráneos. Incluso, quizá por primera vez, fue un tema de particular relevancia en las elecciones de autoridades distritales y regionales del año pasado.

Y es justo a partir de lo que les cuento que extraigo algunos momentos de un conversatorio que tuvo lugar hace dos semanas en una universidad limeña: “Migración y migraña” se titulaba. En la mesa de ponentes se encontraba un representante indígena amazónico, otro andino, y un venezolano. Cada quien hablaba de sus experiencias en Lima, de las razones que lo llevaron a salir de su lugar de origen y de cómo vivían este hecho social total.

Con las diferencias del caso, los participantes indígenas tenían un discurso similar que se amparaba, y aquí los cito, “en los más de 500 años de invasión española”. Con respecto a la intervención del venezolano, ésta fue llevada de otra manera. El habló en primera persona y acompañó su testimonio con fotografías e ilustraciones. Agregó además que él vino al Perú por trabajo hace más de seis años y ciertamente su condición, si bien es la de un migrante, corresponde más a lo que en términos labores se denomina como un “expatriado”.

Al finalizar las intervenciones, lo que se desató fue una suerte de disputa por ocupar, de manera individual pero también como colectivo representado, el lugar exclusivo y excluyente de víctima. La pregunta tácita que daba vueltas ese día era ¿quién es más víctima?

Por el tiempo disponible quiero detenerme en ese término como uno de los significantes amo de nuestra época, cuyo reverso podría ser justamente el de violencia o el de culpa. En el marco de las políticas identitarias o de las políticas públicas orientadas a este tema, se pone en juego una manera de fijar o de coagular la identidad de un sujeto y la de un colectivo. “Tú eres indígena” o “tú eres venezolano”. Nada más. Ahora, hay que notar que es el Yo quien, de manera inversa, sostiene esta estructura de una creencia; es decir, es él quien complementariamente se cree representado por un significante para otro sujeto.

La época sin embargo ha cambiado y la segregación se juega más allá del Padre. El enjambre de S1 pulula y los sujetos y grupos se constituyen, de manera reivindicativa aunque inestable, en torno a éstos. Se forman entonces colectivos a partir de cierto rasgo identificatorio y así, por ejemplo en la periferia de Lima, encontramos barrios de migrantes de diferentes pueblos indígenas y también de venezolanos. Como les comenté, existe un rechazo explícito hacia estos extranjeros al haber invisibilizado, en este caso según algunos indígenas, su existencia en la ciudad.

De hecho, resulta interesante notar que en Perú, tanto el sector público como el privado, han puesto en funcionamiento desde hace algunos años una plataforma virtual destinada a recibir denuncias sobre discriminación. El número de visitas a esta plataforma viene incrementándose significativamente debido al aumento de denuncias hechas por venezolanos y venezolanas, pero también por aquéllas reportadas por movimientos identitarios de diversa índole.

Estos procesos vienen acompañados por el uso de otros significantes asociados que buscan circunscribir aún más su identidad grupal. Así, en el conversatorio al que me referí se habló de “indígenas urbanos”, de “desplazados”, de “refugiados climáticos”, de “migrantes forzados o políticos”, pero también de la culpa al haber salido de Venezuela hace años, o del arrepentimiento de haber venido a Lima después de una de las matanzas perpetradas por el movimiento terrorista Sendero Luminoso.

Finalmente, la crisis en Venezuela y la emigración de sus ciudadanos hacia países como Colombia, Perú y otros, en su condición de acontecimiento, representa una oportunidad para interpretar por ejemplo el punto de separación singular con el que un sujeto migrante se encuentra con el Otro, cómo éste reconoce su desplazamiento, así como la experiencia íntima del exilio.

Gracias.

 

“Peruano, chapa tu veneco y línchalo”: algunas aproximaciones iniciales de venezolanas migrantes en Lima en torno al tema Odio, cólera, indignación por Melissa Magill y Fabiola Arroyo

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NEL-1830

“Peruano, chapa tu veneco y línchalo”: algunas aproximaciones iniciales de venezolanas migrantes en Lima en torno al tema Odio, cólera, indignación

Melissa Magill/ Fabiola Arroyo

 

Si bien la diáspora venezolana se inició hace al menos una década, es en años recientes cuando se acelera y agudiza el desplazamiento de millones de venezolanos, convirtiéndose en el mayor éxodo migratorio de la historia contemporánea de nuestro continente.  Este fenómeno es consecuencia directa de una “crisis humanitaria compleja” que abarca todos los ámbitos sociales. Esto ha supuesto la pérdida del estado de derecho, el quiebre absoluto de las condiciones mínimas para la vida cotidiana, el desconocimiento general de los derechos humanos.

 

La Venezuela de las dos décadas recientes ha estado marcada por una polarización política reducida al principio amigo/enemigo. Principalmente a través de la negación de la diferencia, la negación del otro desde el discurso oficial. Replicada en buena medida en espejo por las tendencias de oposición. Es así como el odio ha estado presente como factor fundamental en Venezuela.

 

Los que permanecen en el territorio viven lo que ha venido identificándose con el neologismo “insilio”. Es decir, procesos de exilio interior. Se (sobre) vive en un país que se desconoce. Se desea volver a ese país remoto que ya no existe. La noción de futuro está seriamente afectada.

 

El reciente colapso del sistema eléctrico en Venezuela parece ser el climax de esta coyuntura. La falta de electricidad, en paralelo al blackout informativo son la PRESENTACIÓN (no la “representacion”) del país como: oscuridad, muerte y aislamiento. Del mismo modo otras distintas imágenes hablan sin metáfora de la Venezuela actual. Tal como dice el escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez: “Han abolido la metáfora, el chavismo es hoy la literalidad. Literalmente la gente recoge agua de un río de aguas negras, contaminado y cargado de excrementos. No hay metáfora. Allí los tienen. Comiendo. La mezcla es entre inmensa tristeza e inmensa arrechera”.

 

Lo antes descrito supone un paisaje social pleno de odio, cólera e indignación, en sus distintas expresiones y representaciones. Lo imposible de soportar está hoy en día encarnado tanto en las condiciones de supervivencia dentro de Venezuela, como en la salida del territorio para salvar la vida propia y la de la familia.

 

Con el equipaje nada ligero de odio, cólera e indignación como venezolanos nos enfrentamos también a los discursos y expresiones xenófobas crecientes en los países de recepción. La xenofobia como expresión del odio y la negación del otro. Un odio resumido en la frase con la que titulamos este papel de trabajo. Se trata de una frase hallada en una búsqueda simple en redes sociales: “Peruano, chapa tu veneco y línchalo”. La xenofobia se presenta entonces como una manifestación pretendidamente válida de odio, colera, indiganacion.

 

Ciertamente los migrantes venezolanos somos objeto de una creciente tendencia al odio asociado a la xenofobia. De igual modo, crece la tendencia de los venezolanos a responder a la exclusión, la marginación xenofóba con discursos y con manifestaciones generalizadas de odio, dirigido hacia los países de recepción y hacia sus nacionales, sin distingo.

 

Cuando se cuenta con cierta conciencia crítica respecto a la complejidad de la xenofobia como fenómeno social. O bien cuando se cuenta con cierto soporte estructural o académico, o de igual modo con cierto acompañamiento analítico, quizá el sujeto puede tener la capacidad para comprender y hasta cierto punto tolerar estas manifestaciones. De otro modo los sujetos odiados fácilmente nos podemos convertir en multiplicadores del odio xenófobo.

 

De la misma forma en que los venezolanos convivimos con el odio cotidianamente, hemos asumido colectivamente también una suerte de indignación permanente: frente a los responsables del colapso de nuestro país de origen; frente al hambre y la muerte asociada a la hiperinflación y la escasez; frente a las políticas de represión, persecución de la disidencia… frente a la voluntad totalitaria de cercenar las libertades individuales.

 

Partiendo entonces del hecho de que la indignación nos ha conducido a los venezolanos a migrar en forma masiva,  podemos pensar la indignacion como impulso conductor para el atravesamiento de un pasaje al acto.  Del mismo modo nos urge indagar en los modos en los que esta indignación subjetiva y colectiva nos sigue acompañando en nuestros países de acogida ¿De qué manera la indignación forma parte de nuestros respectivos procesos migratorios?

 

Como conclusión abierta a esta aproximación queremos reiterar  que consideramos urgente la creación de distintos espacios de reflexión que en el marco del discurso psicoanalítico generen pensamiento crítico en torno a los significantes Odio, cólera e indignación, en relación al caso venezolano actual. En esta linea de ideas proponer la formacion de un cartel en torno al tema que nos convoca: odio, colera, indignción en relación al fenomeno actual de migración de venezolanos.

 

Comentario sobre el artículo de Miquel Bassols “Hablar con el cuerpo, sin saberlo”

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Renzo Pita Zilbert

neurociencias

1.- Hablar a causa del cuerpo

Agradezco primero la invitación del directorio de la Nel – Lima para participar en esta noche de escuela preparatoria al Encuentro americano de psicoanálisis de la orientación lacaniana.

Haré un comentario sobre el artículo de Miquel Bassols que está circulando en internet referido al tema que nos convoca al encuentro: hablar con el cuerpo. Se trata de un texto breve que intenta abordar el asunto del cuerpo poniendo en contrapunto el tratamiento que hace de él el psicoanálisis con el que hace la ciencia. Para esto primero se deberá explicar un poco qué quiere decir hablar con el cuerpo en psicoanálisis.

La referencia a Lacan es la que se encuentra en el seminario 20 y dice así: “Yo hablo con el cuerpo, y sin saberlo. Digo pues siempre más de lo que sé. Con ello llego al sentido de la palabra sujeto en el discurso analítico. Aquello que habla sin saberlo me hace yo, sujeto del verbo”.

Entonces, ¿qué quiere decir hablar con el cuerpo? Para entenderlo creo es necesario empezar a abordar el asunto desde la vertiente del deseo. Tomemos una definición que nos da de él Miller: “El deseo es el sentido y el semblante de la libido”.

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