odio

El odio en el laberinto. Por Enrique Delgado

Posted on

El odio en el laberinto

Enrique Delgado

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.

(El laberinto, Jorge Luis Borges)

NEL-4261

El odio es polifacético. Tiene más de una cara, más de un lado. Lados que, en una suerte de topología laberíntica, pueden llevarnos hacia lugares conocidos o insospechados. Un primer lado, usualmente destacado en los textos lacanianos, es el del ser, el del odio como una de las pasiones fundamentales junto al amor y la ignorancia[1].  Desde este lado, se destaca al odio como una pasión que apunta a la destrucción del ser, al rechazo de la alteridad, del goce del Otro. Otra cara,  contigua a la primera, es la del saber. Desde allí el odio  puede ser, también, faro de lucidez. El trabajo realizado por Lacan nos permite, precisamente, orientarnos en este laberinto de pasiones y pulsiones en el cual “El verdadero amor desemboca en el odio” (Lacan, s.f. a, p.16).

Ahora bien, el lado del saber no es uno sino, cuando menos, dos. O, más precisamente, uno pero doble: el odio como condición para el saber y el odio como de-suposición de saber. Lacan nos recuerda cómo Freud retoma el dicho de Empédocles según el cual  “Dios debe ser el más ignorante de todos los seres, porque no conoce el odio” (Lacan, 2011, p.110). Asimismo, señala cómo la de-suposición de saber propicia una buena lectura. Sea esta la de Aristóteles o la que  Jean Luc Nancy y Philippe Lacou- Labarthe (1992) hacen de la obra del propio Lacan. En esta línea, señala Lacan, se ama a quien se le supone un saber y se odia a quien se lo de-supone (Lacan, 2011, p. 83).

Esta cara del odio, contigua a su vez a la del amor, nos sitúa entonces del otro lado de la ignorancia[2]. Pasión entendida por Lacan menos como déficit que como “una manera de establecer el saber, de hacer de él un saber establecido” (Lacan, 2012, p. 15). Es en este sentido que el odio, o cierto odio, puede suscitar un efecto de verdad. De allí que,  en Los objetos de la pasión, Eric Laurent nos recuerde cómo  en el Seminario XX Lacan “muestra a la transferencia negativa como un momento de lucidez” (2002, pp. 45-46). Y es también desde este lado que la interpretación misma, como señala Miller (2000, p. 21) puede implicar una de-suposición de saber “en tanto que interpretar es decir al sujeto<<tú no sabes lo que dices>>”.

Por supuesto, el elogio del odio o de la transferencia negativa podría llevarnos muy lejos y es preciso detenerse.[3] Por doquier nos topamos con los efectos mortíferos del odio en los sujetos y en el lazo social. El odio es un personaje en busca de autor. O más de uno. Una pasión desbocada en busca de un sujeto, un partenaire, un grupo, un bando, algo en lo cual colocar imaginariamente lo insoportable y, concomitantemente, intentar destruirlo. Esta es, justamente, la entrada desde el ser. O, más precisamente, la entrada desde  el rechazo del ser. Así como Lacan habla del verdadero amor, quizá este lado podría ser considerado el verdadero odio. Se odia el goce del Otro que no es otro sino el goce del Uno[4]. Este lado del odio es, paradójicamente, el reverso del primero. Mientras un lado permite o favorece el saber, el otro le hace obstáculo y cumple más bien una  función de desconocimiento.  Está al servicio del no querer saber nada de eso, del rechazo de la alteridad.

Pero en un laberinto podemos creer que estamos en un lugar y estar en realidad en otro. La entrada del saber nos  puede conducir también a la de la destrucción del ser.  Siguiendo la elaboración de  Rosa López (2019, 2012), es necesario distinguir el deseo de saber de un sujeto sobre la letra de su goce, propio de la experiencia analítica, del deseo de saber sobre el goce del partenaire. El segundo conduce a lo peor.

Partiendo del odio, este breve recorrido por el laberinto nos ha llevado también por el goce, el amor, el deseo, la ignorancia, el saber y la verdad. Podemos ahora retomar y, quizá,  releer el neologismo lacaniano del odioamoramiento (hainamoration) poniendo de relieve sus posibilidades para condensar algunas de las caras del odio. Como una puerta giratoria que lleva a más de un destino. La traducción al español más usada  coloca al odio en primer lugar,  a la manera freudiana. Pero ya que estamos en un laberinto podemos explorar la  otra posibilidad y colocar primero al amor.  Nos autorizamos a ello menos por una exquisitez en la traducción  que por el hecho de que es Lacan quien coloca en primer lugar al amor. Es el más grande amor o el verdadero amor el que termina en odio (ver Lacan, 2011, p. 176 y Lacan, s.f a, p. 16).

Pasemos entonces del odioamoramiento al En-amor-odio-miento. Tenemos expresado allí el viraje del amor en odio así como  la función de desconocimiento de este, de mentira. Pero el neologismo nos conduce también hacia otros lugares del laberinto. Permite dar cuenta sobre cómo esa invención  que llamamos amor (que suple la no relación sexual y que no es sin odio) se haya en relación con la verdad. Y, en tanto tal, miente.  Al final no es ella, ni él, ni elle. Pero no se trata de la mentira pueril y cobarde ante el deseo, sino al hecho de que la verdad falla pues “el significante no es sino un mero semblante frente a lo real” (Monribot, 2019, p.6)[5].Como comenta Lacan en el seminario 15 (s.f. b, p. 110), a veces no hay otra forma de enunciar la verdad del deseo que por la mentira. Una otra mentira. Una que considera amores y odios. Una de aquellas que, como dice la canción de Joaquín Sabina, valen la pena.

 

Referencias

Lacan, J. (1981). El seminario de Jacques Lacan: libro 1: los escritos técnicos de Fredu. Barcelona: Paidós.

(2011). El seminario de Jacques Lacan: libro 20: aún. Buenos Aires: Paidós.

(2012). Saber, ignorancia, verdad y goce. En: Hablo a las paredes (pp. 11-46).Buenos Aires: Paidós.

(s.f. a). Clase 13. En: El seminario 20. Otra vez/Encore. Versión crítica de Ricardo E. Rodríguez Ponte. Recuperado de https://www.lacanterafreudiana.com.ar/2.1.9.13%20CLASE%20-13%20%20S20.pdf

(s.f. b). Clase 9. En: El acto psicoanalítico. Seminario 15. 1967-1968. Inédito.

Laurent, E. (2002). Los objetos de la pasión. Buenos Aires: Tres Haches.

López, R. (2012). El goce del Uno no es signo de amor: una reflexión sobre el odio. Letras, 6, 61-62. Recuperado de http://letraslacanianas.com/images/stories/numero_6/clinica/11_letras_6_clinica.pdf

(2019). Amar demasiado no es signo de amor. Recuperado de http://discordia.jornadaselp.com/rubricas/odioamoramiento/amar-demasiado-no-es-signo-de-amor/

Miller, J.A. (2000). La transferencia negativa. Buenos Aires: Tres Haches.

Monribot, P. (2019). Comentarios del capítulo IV del Seminario XVII: “La verdad, hermana del goce”. NODVS, LIV. Recuperado de http://www.scb-icf.net/nodus/contingut/arxiupdf.php?idarticle=684&rev=73

Nancy, J.L. y Lacou Labarthe, P. (1992). The title of the letter. A reading of Lacan. New York: University of New York Press.

 

[1] En el seminario 1, Lacan articula las tres pasiones del ser con los tres registros del siguiente modo: “en la unión entre lo simbólico y lo imaginario, esa ruptura, esa arista que se llama el amor; en la unión entre lo imaginario y lo real, el odio; en la unión entre lo real y lo simbólico, la ignorancia” (1981, p. 394).

[2] “Hace un rato me vieron flotar, retroceder, vacilar en inclinarme en un sentido o en otro, hacia el amor o hacia lo que llaman el odio, cuando los invitaba de manera apremiante a tomar parte en una lectura cuyo filo está dirigido expresamente a desconsiderarme (….) Si digo que me odian es porque me de-suponen el saber” (Lacan, 2011, p. 83).

[3] Al respecto Laurent señala que: “Podríamos ir muy lejos en la idea de un gran elogio de la transferencia negativa pero no se debe ir demasiado lejos. Este es también un punto en el que no se debe ir hasta el delirio” (2002, p. 47).

[4] “La expresión goce del Otro es un oxímoron. El goce es siempre del Uno y al Otro le corresponde el deseo” (López, 2012, p. 61).

[5] Monribot (2019, p.6) retoma en su texto el Prefacio a la edición inglesa del Seminario 11 en el que Lacan trabaja el concepto de “verdad mentirosa”.

El feminicidio una aproximación psicoanalítica. Por Claudia Pérez

Posted on

El feminicidio una aproximación psicoanalítica. Por Claudia Pérez

(Presentación en Noche de carteles IX ENAPOL – TEMA ODIO)

NEL-4257

Agradezco la invitación del directorio de la NEL a compartir mi trabajo realizado como participante del cartel – El odio- en el marco del ENAPOL 2019 que lleva por título: “Odio, cólera e indignación”

Mi pregunta o rasgo de trabajo está entorno al Feminicidio que día a día cobra más vidas en el Perú; ¿Qué puede decir el psicoanálisis al respecto?

La UNESCO en su Libro de Género define el feminicidio como todo acto de violencia infringida a las mujeres por su condición de mujer; asociado a una construcción cultural y social definida por las relaciones de poder entre hombres y mujeres y por las normas y valores relativos a los roles “masculinos” y “femeninos” con respecto al comportamiento.[1]

La Defensoría del Pueblo en su informe técnico “Feminicidio en el Perú”, toma el concepto de feminicidio de Ana Carcedo y Monserrat Sagot como la forma más extrema de violencia de género, entendida ésta como la violencia ejercida por los hombres contra las mujeres en su deseo de obtener poder, dominación o control. Incluye los asesinatos producidos por la violencia intrafamiliar y la violencia sexual”.

En el Perú, a diario, los medios de comunicación informan sobre nuevos casos en que mujeres son cruelmente asesinadas por sus parejas, convivientes o esposos, o por hombres con quienes sostuvieron alguna relación.

Propongo pensar esta cuestión desde el lado de racismo y la segregación, idea tomada del texto Extimidad de Miller donde se plantea que el odio proviene de una intolerancia al goce del otro. Es decir, se odia especialmente la manera particular que el otro goza [2]. No tolerar el goce del otro es lo que está en la base de las segregaciones y del racismo. Lo mismo podríamos decir en los casos de feminicidio, hay algo del goce de la mujer que, en determinadas circunstancias, se torna intolerable para los hombres.

Marisa Morao en El acto violento en el cuerpo del otro; siguiendo a Freud, plantea que “El odio nace de la repulsa primitiva del yo propio que segrega un componente que arroja al mundo exterior por sentirlo como hostil (…) En La negación el problema se traza entre afirmación y rechazo. El yo-placer originario incorpora lo bueno y expulsa o arroja de sí lo malo. De allí que lo hostil para el yo, va a formar parte de lo ajeno y lo extraño, lo que se encuentra afuera. Se constituye así la diferencia entre el interior y el mundo exterior, es decir la relación con el Otro desde la perspectiva lacaniana (…) Si el Otro está en mi interior en posición de extimidad, es también mi propio odio (…) El Otro remite al sujeto a esa parte de sí mismo que rechaza.

Rita Segato señala, en Las estructuras elementales de la violencia, que el concepto de narcisismo se vincula con mayor claridad a las exigencias del medio social. El narcisismo masculino en el sentido de la escenificación, es de una no castración, se trata de un montaje en el cual el sujeto representa el papel de no castrado, vale decir que no es vulnerable a la experiencia de la falta. El sujeto está tan absorto en la representación de ese papel vital para su autoimagen que la víctima entra en escena como mero soporte de su rol.

El año pasado, en Lima, el ataque y muerte de Eyvi Agreda (22 años de edad) resuena y conmueve la ciudad. Las noticias narran de cómo una mujer era prendida en fuego dentro de un bus de transporte público por Carlos Hualpa, un compañero de trabajo, que la pretendía sentimentalmente y que habría sido rechazado.

En las declaraciones del feminicida se puede identificar frases de no haber soportado el “no” como respuesta a su deseo de ser su enamorado, así como el rechazo a ese otro goce en la mujer respecto a su belleza “yo quería quemarle la cara, ella se aprovecha de eso, de su belleza, vivía de su cara” es por ello que la acción iba destinada a desaparecer a matar ese rasgo. 

En esta viñeta puede seguirse la idea del odio al goce del otro, la belleza de Eivy, no es aceptada ni deseada si no era para él; por lo contrario, es repudiada y debía ser borrada. La imposibilidad para introducir la falta en lo masculino, la castración, no se soporta un “no” como respuesta; al no existir recursos simbólicos para lidiar con el rechazo o lo diferente; aparece la angustia y se pasa al acto, se odia, se quema, se mata.

[1] http://www.unesco.org/new/fileadmin/MULTIMEDIA/FIELD/Montevideo/pdf/CLT-LibroGeneroPatrimonioBORRADOR.pdf

[2] Extimidad, Cursos psicoanalíticos de Jacques Alain Miller. Editorial Paidós, pg.53

“Peruano, chapa tu veneco y línchalo”: algunas aproximaciones iniciales de venezolanas migrantes en Lima en torno al tema Odio, cólera, indignación por Melissa Magill y Fabiola Arroyo

Posted on

NEL-1830

“Peruano, chapa tu veneco y línchalo”: algunas aproximaciones iniciales de venezolanas migrantes en Lima en torno al tema Odio, cólera, indignación

Melissa Magill/ Fabiola Arroyo

 

Si bien la diáspora venezolana se inició hace al menos una década, es en años recientes cuando se acelera y agudiza el desplazamiento de millones de venezolanos, convirtiéndose en el mayor éxodo migratorio de la historia contemporánea de nuestro continente.  Este fenómeno es consecuencia directa de una “crisis humanitaria compleja” que abarca todos los ámbitos sociales. Esto ha supuesto la pérdida del estado de derecho, el quiebre absoluto de las condiciones mínimas para la vida cotidiana, el desconocimiento general de los derechos humanos.

 

La Venezuela de las dos décadas recientes ha estado marcada por una polarización política reducida al principio amigo/enemigo. Principalmente a través de la negación de la diferencia, la negación del otro desde el discurso oficial. Replicada en buena medida en espejo por las tendencias de oposición. Es así como el odio ha estado presente como factor fundamental en Venezuela.

 

Los que permanecen en el territorio viven lo que ha venido identificándose con el neologismo “insilio”. Es decir, procesos de exilio interior. Se (sobre) vive en un país que se desconoce. Se desea volver a ese país remoto que ya no existe. La noción de futuro está seriamente afectada.

 

El reciente colapso del sistema eléctrico en Venezuela parece ser el climax de esta coyuntura. La falta de electricidad, en paralelo al blackout informativo son la PRESENTACIÓN (no la “representacion”) del país como: oscuridad, muerte y aislamiento. Del mismo modo otras distintas imágenes hablan sin metáfora de la Venezuela actual. Tal como dice el escritor venezolano Juan Carlos Méndez Guédez: “Han abolido la metáfora, el chavismo es hoy la literalidad. Literalmente la gente recoge agua de un río de aguas negras, contaminado y cargado de excrementos. No hay metáfora. Allí los tienen. Comiendo. La mezcla es entre inmensa tristeza e inmensa arrechera”.

 

Lo antes descrito supone un paisaje social pleno de odio, cólera e indignación, en sus distintas expresiones y representaciones. Lo imposible de soportar está hoy en día encarnado tanto en las condiciones de supervivencia dentro de Venezuela, como en la salida del territorio para salvar la vida propia y la de la familia.

 

Con el equipaje nada ligero de odio, cólera e indignación como venezolanos nos enfrentamos también a los discursos y expresiones xenófobas crecientes en los países de recepción. La xenofobia como expresión del odio y la negación del otro. Un odio resumido en la frase con la que titulamos este papel de trabajo. Se trata de una frase hallada en una búsqueda simple en redes sociales: “Peruano, chapa tu veneco y línchalo”. La xenofobia se presenta entonces como una manifestación pretendidamente válida de odio, colera, indiganacion.

 

Ciertamente los migrantes venezolanos somos objeto de una creciente tendencia al odio asociado a la xenofobia. De igual modo, crece la tendencia de los venezolanos a responder a la exclusión, la marginación xenofóba con discursos y con manifestaciones generalizadas de odio, dirigido hacia los países de recepción y hacia sus nacionales, sin distingo.

 

Cuando se cuenta con cierta conciencia crítica respecto a la complejidad de la xenofobia como fenómeno social. O bien cuando se cuenta con cierto soporte estructural o académico, o de igual modo con cierto acompañamiento analítico, quizá el sujeto puede tener la capacidad para comprender y hasta cierto punto tolerar estas manifestaciones. De otro modo los sujetos odiados fácilmente nos podemos convertir en multiplicadores del odio xenófobo.

 

De la misma forma en que los venezolanos convivimos con el odio cotidianamente, hemos asumido colectivamente también una suerte de indignación permanente: frente a los responsables del colapso de nuestro país de origen; frente al hambre y la muerte asociada a la hiperinflación y la escasez; frente a las políticas de represión, persecución de la disidencia… frente a la voluntad totalitaria de cercenar las libertades individuales.

 

Partiendo entonces del hecho de que la indignación nos ha conducido a los venezolanos a migrar en forma masiva,  podemos pensar la indignacion como impulso conductor para el atravesamiento de un pasaje al acto.  Del mismo modo nos urge indagar en los modos en los que esta indignación subjetiva y colectiva nos sigue acompañando en nuestros países de acogida ¿De qué manera la indignación forma parte de nuestros respectivos procesos migratorios?

 

Como conclusión abierta a esta aproximación queremos reiterar  que consideramos urgente la creación de distintos espacios de reflexión que en el marco del discurso psicoanalítico generen pensamiento crítico en torno a los significantes Odio, cólera e indignación, en relación al caso venezolano actual. En esta linea de ideas proponer la formacion de un cartel en torno al tema que nos convoca: odio, colera, indignción en relación al fenomeno actual de migración de venezolanos.

 

Notas sobre el odio, hoy por Marita Hamann

Posted on Actualizado enn

Odio-8357Hemos visto ya, en la presentación anterior en la sede, diversas maneras de considerar el odio, esa pasión que, junto con el amor y la ignorancia, Lacan ubica inicialmente entre las pasiones del ser, mientras que las pasiones del alma, como la beatitud, el malhumor, el tedio suelen responder a estados del humor, incluso a lo que llamamos temperamento, que no necesariamente se localizan, como las primeras, en un sujeto en particular sino en un estado de cosas. El odio, más primitivo que el amor, como dice Freud, es la pasión que rechaza la alteridad y se afinca en la identificación; por eso, las mujeres, por cuanto son portadoras de un goce no todo fálico, no en todo análogo al del varón, han sido desde siempre uno de sus objetos privilegiados. En última instancia, vimos, el odio proviene del rechazo de uno mismo, del goce indecible que nos habita.

El sitio del odio, según Freud, es el yo ideal. Lacan dirá algo similar cuando sitúe la agresividad como estructural y derivada de la pulsión de muerte. Cuando el sujeto ve desmantelarse su yo ideal, -una imagen narcisista en la que consigue sostener el amor por sí mismo según el guion fantasmático-, una angustia emerge sin que necesariamente se percate de ello. Entonces, el sujeto se desconoce (o, más bien, se le revela un desconocimiento estructural) y, mediante la agresión, intenta recuperarse rechazando eso heterogéneo a lo que se ha visto confrontado, no solo merced al otro sino, fundamentalmente, en sí mismo a través del otro, ya que desestabiliza el escabel en el que se soporta sin saberlo: Extimidad insoportable.

Puede decirse que la violencia es efecto de un dolor, pero el odio no solo responde a la amenaza de una pérdida; esa arrolladora pasión, es goce del cuerpo.

Quisiera dialogar en esta oportunidad, sin embargo, sobre las coordenadas específicas de nuestro tiempo pues, es en función de ellas que conviene repensar los conceptos con los que estábamos familiarizados cuando considerábamos los hechos desde los primeros paradigmas de la enseñanza de Lacan y cuando creíamos que era posible ordenar el mundo sostenidos en la preeminencia del Padre, del Nombre del Padre.

De manera sumamente esquemática, dados los límites de esta presentación, recordemos al pasar los planteamientos de Deleuze[1], quien, avanzando sobre lo ya planteado por Foucault, describe lo que se ha dado en llamar las sociedades de control, la nuestra, en oposición a las sociedades disciplinarias correspondientes a los siglos XVIII, XIX y parte del XX: Ahora hablamos de empresas y de emprendedores antes que de fábricas y trabajadores. El hombre ya no está encerrado en la fábrica, la escuela o la familia y sometido a las leyes que rigen en su interior hasta pasar a otro campo, sino que, cuanto más pronto mejor, se convierte en el empresario de sí mismo y hace parte del mercado como  sujeto de una deuda antes que como sujeto de alguna falta o, mejor dicho, su falta se correlaciona con su deuda (contante y sonante) y con la culpabilidad que esta engendra. Para una sociedad así definida, el marketing se ofrece como el instrumento de control social antes que las instituciones que ostentan el poder de castigar, doblegar o encerrar los cuerpos. O sea, el sujeto está sometido a la demanda pulsional tanto o más que a la de algún agente externo cuya autoridad reconozca como tal. Antes que remitirse a otro a quien reprochar o culpar, en calidad de Ideal o como factor de coacción, es a sí mismo a quien culpa y es allí que soporta la exigencia, a solas, en primer lugar. En pocas palabras, como han planteado diversos autores, las coordenadas principales son: la continuidad, frente a la ausencia de frontera o límite que distinga exterior o interior, y la ausencia de centro -así como la de primacía o jerarquía-. Señalemos, entonces, a partir de aquí, dos campos que conviene tener presente para situar la época: la virtualización de todos los procesos (económicos, comunicacionales, etc.) y su independización, cada vez más acentuada, respecto de su concreción o realización o, en suma de su soporte simbólico o real (como es, por ejemplo, el caso de la moneda, que hace mucho tiempo ya que dejó de regirse por el patrón oro para medirse en función del valor comparativo que cada una cobra en el mercado de divisas y que, incluso, últimamente, ha conseguido desprenderse de la moneda o el papel billete en concreto). También, como es evidente, las guerras han cambiado. Todavía hay ejércitos, desde luego, pero se trata principalmente de guerras por los mercados que se desarrollan en muy diversos planos, o de adversarios que no necesariamente se presentan abiertamente como tales ni que ocupan algún terreno delimitado por espacios territoriales. En todas partes, el enemigo es interno, cuasi virtual y surge en el momento menos pensado.

Como dice Lacan en su seminario sobre La ética, si Dios ha muerto, no hay a quién culpar; todo parece posible y, al mismo tiempo, todo se vuelve imposible. Se trata del imperio del Superyó tal y como Freud lo presenta en su texto sobre el Presidente Wilson: la instancia que empuja a lo imposible contra el sujeto mismo. Digámoslo así: el sujeto se encuentra comandado por una orden omnipotente que le susurra “si es posible, hazlo. ¿Por qué no?”; orden insensata que se profiere independientemente de cualquier consideración respecto de los límites del propio cuerpo y de la sujeción a la Ley que es, finalmente, Ley de la palabra y del deseo. Pero lo que no ha sido reconocido en lo simbólico retorna en lo real.

El debilitamiento de los ideales es correlativo del fortalecimiento del Superyó. Y el odio se generaliza, casi cualquiera puede ser su depositario. El miedo se convierte en uno de los principales factores de la política. Se multiplican las diferencias tanto como se acentúa el anonimato en el barullo incesante de las comunicaciones instantáneas.

Es la sociedad de las fratrías, de los hermanos, rivales celosos que compiten por no desaparecer en el mar de los nombres propios…[2] La red conducida por el goce, sin excepción y sin límite, hasta encontrar al enemigo que, repentinamente, radicaliza un sentido[3].

Es quizás por eso, si nos remitimos a una clínica estructural que no deja de ser útil pero que resulta insuficiente para orientarnos en el momento presente, que la categoría de la perversión ha desparecido, prácticamente, al lado de la neurosis y la psicosis. El perverso antiguo se dirigía al Ser Supremo en Maldad, cuyo goce suponía conocer, para someterse, él, en primer lugar, a su mandato. El sujeto contemporáneo, de manera patente, se somete a las leyes del mercado, que se pretenden univerzalizables, sin que pueda identificarse con claridad desde dónde ni por quién son proferidas; en cualquier caso, parecen imbatibles. El discurso capitalista se extiende promoviendo la homogenización y avalando, por otra parte, el anhelo de unicidad de cada individuo en particular.

Habitamos en un mundo donde, en apariencia, se goza de más libertad y en el que los prejuicios tienden a ceder, pero su modelo es el del cliente satisfecho: una realidad… virtual y eficaz. En consecuencia, todos deben trabajar y ser atendidos en pos de una satisfacción total, y unos y otros deben sentirse felices de lograrlo: es así en la familia, en la escuela, en el trabajo, de manera continua. “De la época post-68, dice E. Laurent en Racismo 2.0, zumban aún palabras sobre el fin del poder de los padres y el advenimiento de una sociedad de hermanos, acompañadas del hedonismo feliz de una nueva religión del cuerpo. Lacan arruina un poco la fiesta añadiendo una consecuencia que entonces no se advertía: ‘Cuando regresamos a la raíz del cuerpo, si revalorizamos la palabra hermano, […] sabed que lo que asciende, que aún no se ha visto hasta sus últimas consecuencias, y que, este, se enraíza en el cuerpo, en la fraternidad del cuerpo, es el racismo’”[4].

Para el odio de hoy, no hay discurso que se sostenga ni lógica que le dé borde. Es la destrucción del discurso como tal y, en consecuencia, del lazo. El goce elaborado allí aparece desnudo y el sujeto presume que tiene derecho de dejarse tomar por él, amenazado como siempre está por el malentendido y por la disparidad que surge donde se suponía merecedor de alguna reciprocidad. Cada uno es reenviado a su soledad y, cuanto mayor su desamparo, más grande el miedo, la angustia, el pánico y, también, la turba que se reúne para dar rienda suelta a sus pasiones.

Es que la palabra que introduce el acuerdo, también implica el desacuerdo ya que es por acción de la palabra que surge la alteridad. Solo en el silencio los sujetos se presumen parte equivalente de un mismo conjunto.

“Mentiroso, mentiroso”, se gritan unos a otros los protagonistas de la política local, “felón, traidor, nada de lo que dices es cierto, nos engañas”. ¿Se aspiraría a un discurso sin sesgos, equivocidades o metáforas? Pues sí. Uno igual a uno y uno más uno da dos. Y si el tres es dos más uno, solo hay equivalencias y una entidad, la del Uno. En suma, no hay, realmente, tres. Este, es un efecto, en primer lugar, de la ideología científica; solo el número y la medición es supuestamente idéntico a La Cosa en juego. Fuera de la ciencia y la estadística, todo es dudoso y opinable. La lengua única borra la enunciación y el único esperanto contemporáneo responde a la lengua particular y unívoca que regula el comportamiento de las agrupaciones más sólidas, como hemos visto recientemente en los chats de cierto grupo político: “aplaudan, enseñen su voto, etc.”. Es el conductismo a la moderna. Pero, en lo sustancial, y pese al desconcierto, solo se cree en la existencia del goce. Todos mienten, se grita, porque cada uno esconde un goce que roba a su semejante para sí mismo y esa sería su única y más profunda motivación. En otros términos, cada uno supone que el otro, su hermano y rival, pretende lo mismo. A este nivel, supuestamente, no hay diferencia alguna. Desde luego, esto es guerra, como se titula un programa de televisión muy popular, y esa guerra, por sí misma, conlleva desde ya, una satisfacción en acto.

Queda por elucidar el papel de las religiones evangelistas que avalaron el ascenso de Trump o Bolsonaro: una correlación posible entre la caída del Nombre del Padre y el intento de restablecerlo a toda costa mediante algún pastor más próximo y afín al Superyó contemporáneo. Como fuere, las segregaciones se multiplican y los fundamentalismos también.

Si el odio es una pasión lúcida por desvestir lo real del goce en juego, no por eso es menos cierto que los no engañados se engañan porque el discurso es, al fin y al cabo, el único tratamiento posible para situar el goce indecible e inalcanzable. “Sigue, en efecto, -ha dicho E. Laurent en Roma, en febrero de 2018-,  no solamente una política de los derechos, sino una política del síntoma. La orientación en el síntoma permite proponer un modo de goce suficientemente fuera del cuerpo para no identificarse en un repliegue comunitario y narcisista. Es decir que apunta a un síntoma tal que no buscaría que su cuerpo se identifique con él. Un modo de civilización se deduce, que tendría como objetivo mantener ese fuera-del-cuerpo herético, índice de la elección de goce de cada sujeto[5].”

Resulta imprescindible acoger la singularidad del goce de cada quien, contra la homogenización, porque este es la sede de un saber y una palabra menos adormecedora, más vital.

[1] Deleuze G., Conversaciones 1972-1990, Edición electrónica de http://www.philosophis.cl/

Escuela de Filosofía Universidad ARCIS., p. 143-154.

[2] Como dice J. Lacan en otro contexto (“Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”).

[3] Tal y como conviene considerar los ataques islamitas: no se trata tanto de que la religión del Islam se radicalice sino de que la radicalización (del narcisismo) se “islamiza”.

[4] Laurent, E., “Racismo 2,0”, http://www.eol.org.ar/biblioteca/lacancotidiano/LC-cero-371.pdf

[5] Laurent, E., “El extranjero éxtimo (Parte II)”, La libertad de pluma, Revista Digital N° 5 – Año 1, Noviembre 2018, http://lalibertaddepluma.org/eric-laurent-el-extranjero-extimo-parte-ll/